Rodolfo Cachemiro se sentía indispuesto. Realmente no sabía si era
debido a que su mujer estaba dentro de la nevera, convertida en carne
picada, o a que su perro había regresado a casa con un ojo de más. La
cuestión es que sentía como sus huesos iban asomando al exterior y su
piel retrocedía rellenando ese espacio hueco. Se estaba convirtiendo en
un hombre vuelto del revés.
Caminaba hacia atrás; se alimentaba de fuera hacia dentro; sus insultos se volvían contra si mismo; los
vinilos giraban en sentido contrario en su gramófono de madera;
comenzaba los libros desde el último capítulo; trataba a los niños como
si fuesen adultos y a los mayores como si fuesen infantes; salía por las
ventanas y entraba sin haber salido...
Y, un buen día, un portero de un local nocturno le dijo: muchacho, a ti no te voy a dejar entrar pero si salir.
Entonces se perdió por las calles sembradas de adoquines y maravillas
hasta llegar a donde el mar percute con un rumor como de pulmones sordos
y musicales. Se hundió en las aguas, o eso fue lo que él creyó. Lo
cierto es que las aguas se habían hundido en él. Las aguas y una simple
molécula de un prestamista ahogado cientos de años atrás que, a partir
de ese día, compuso una canción, sólo para él, que se transformaba a
cada despertar pero su letra era siempre la misma: No tienes edad, nunca
la tendrás. Vuelves a las raíces y siempre serás un niño a medio
hacer... Un humano a medio hacer... Es la única filosofía: Aprender.
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