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miércoles, 13 de abril de 2016

El día en que nos encontremos devoraré tus ojos como un cuervo.

Se la encontró en el lindero del bosque, justo en esa zona asombrada donde las ramas acarician la orilla del rio. Un pájaro extraño temblaba empapado por las gotas de rocío y un lagarto se deslizaba sobre una roca cubierta por el musgo de la vida. Sonaba un latido como de escarcha; un rumor de siglos que surgía de la tierra; una pulsación de hojas caídas y de telarañas como cuerdas de un arpa.
Y allí estaba ella, con su cabello danzando en el fulgor cristalino de las aguas. Parecía tan pura y resplandeciente que no pudo evitar el acercar su mano a la piel de su rostro. Estaba fría, tan helada como un despertar tras una pesadilla. Una lágrima casi metálica que arañaba. Olfateó su cuerpo muerto y grabó en su interior el olor del bastardo que había segado los sueños de aquel ser inocente.
A partir de ese día persiguió su rastro durante años, obsesionado por una sed de venganza que ardía como fuego en sus entrañas. Recorrió montañas, desfiladeros impracticables, torrentes de mar que helaban la sangre en las venas, pueblos habitados por hombres vestidos de miseria y rencor por vidas malgastadas.
Y, al fin, al termino de una estación, no sabía si invierno u otoño, franqueó la puerta de una vieja posada construida con madera que olía a esqueletos de peces muertos. Sus sentidos le hicieron encaminarse a una mesa situada al fondo del local donde las sombras reinaban. Un hombre maltrecho bebía un líquido oscuro de una sucia jarra. Se sentó ante él crujiendo sus huesos por el cansancio de una búsqueda casi eterna y de su inútil garganta se deslizó una especie de plegaria.
-Hace mucho tiempo que te busco. Un maldito día me arrebataste lo más preciado que tenía en este mundo. Quiero que salgas afuera, a la nieve que cae, para hacer contigo lo mismo que le hiciste a mi hija hace muchos años.
El hombre maltrecho le miró con ojos cansados y respondió: Te esperaba, estoy preparado.

viernes, 30 de octubre de 2015

Mami, ¿en serio que soy Legión?.

1A. Lo llevaba a pasear al parque todos los dias, cogido de la mano, mientras las hojas encanecidas por el otoño se precipitaban al suelo y reventaban con el peso del silencio.
2A. Mi hijo era un niño normal. Solo había una cosa que lo diferenciaba del resto; su curiosidad por la belleza de lo corrupto, lo que está en el otro lado, el Mal.
1B. Se caían los nidos de los pájaros en una explosión de huevos y pequeñas ramas secas justo a sus pies. Si arrancaba una brizna de hierba para colgarla entre sus labios, ésta se marchitaba como si penetrara en una dimensión desconocida o en las cenizas de una antigua hoguera.
2B. Pero eso tampoco era su culpa. La raíz de su mal reside en mí, su padre. Yo le inculqué el sabor por la destrucción... pero él ya nació así. Posée esos dones por los que yo he rezado tanto y cuando crezca construirá puzzles con los trozos de cerebros de quienes nos juzgan!
1C. La gente se turbaba a su alrededor y no eran capaces de pronunciar una sola mentira a su paso. Y un día alguien se suicidó a su lado, como si fuera su último refugio, en un banco del parque. Y fue en ese justo momento, cuando le miré a los ojos, los ojos de mi niño, inundados de una tristeza tan grande y, al mismo tiempo, de una furia que quemaba mi carne como un desgarro, cuando comprendí que tenía que matarlo.Yo, su propia madre.
2C. Jamás podría estar más orgulloso de lo que estoy por mi hijo. Él es el nuevo reino. Y como su madre intente acabar con él la aplastaremos.
1D. Pero he sido débil y ahora estoy aquí encerrada por intentar devorar a mi propio hijo. Sé que no suena muy coherente. Y menos a usted, un abogado de oficio recién graduado. Pensándolo bien, puede que beneficie su curriculum.
Van a acabar conmigo. Me van a colgar haga usted lo que haga, intente lo que intente. Mi hijo y su padre (al que no me atrevo a llamar marido), van a instaurar un nuevo órden. Mi vida, y mucho me temo que la suya, ya no tienen valor.
2D. ¡Mi pequeño volverá a por mi y destrozará este puto sitio!
1E. ¡Por favor, abogado, tiene que ponerse en contacto con los medios de comunicación! ¡En serio, no estoy loca!
2E. ¡Ya oigo su rumor! ¡Viene a castigaros!

(De repente una especie de click, un silencio, un vértigo...)






domingo, 11 de octubre de 2015

Puede que, alguna vez, nos olvidemos de decir algo.

Federico Ambrosio Fernández era un tipo singular. Tenía (y digo tenía en pasado, pues un golpe fortuito de la fortuna nos privó de su presencia cuando un repartidor de pizzas desquiciado acabó con él en un callejón que olía a hierba recién cortada y golpes de lluvia), una obsesión por coleccionar las anillas de las latas de cerveza que introducía en su sistema estomacal.
Un buen día una pequeña recolección de objetos del pasado llamó a su puerta. Se presentó con el nombre de Ínfima Parte y le ofreció dos cosas difíciles de rechazar. A saber, un trozo de nube a punto de desintegrarse en lluvia y un disco de vinilo envuelto en la piel de un murciélago.
Ínfima Parte dijo: No creo que te merezcas estos regalos, pero es que quería deshacerme de ciertas cosas y comentan por ahí que tú eres un recolector de fragmentos que puede que signifiquen algo.
Y, aunque yo no lo recuerde, alguien jura que contestó: Acabo de salir de la cárcel y mi equipaje es tan ligero que cualquier tipo de peso que se introduzca en él hará que compense el pequeño vacío que perdura en mi cicatriz.
En resumidas cuentas, agradeció a Ínfima Parte esos dos objetos, no sin antes calcular el grado de obligación para con las hormigas que comenzaban una revolución en ese preciso momento, y se despidió sin ningún tipo de elegancia (como debe ser en estos casos), saltando a la proa de una embarcación que se desplazaba hacia un naufragio. Y, después de ver como la tripulación dejaba de latir por culpa de unos pulmones que no estaban habituados a las presiones marítimas, observó con calma, allí, bajo el mar, con peces flotando a su alrededor, los dos regalos que latían con branquias de aluminio.
Esto no sé si debería contarlo, pero lo cierto es que, por aquel entonces, habitaba en su interior el espíritu que siempre se dirige hacia tierras que no existen y decidió pedirle consejo bajo las aguas. Subió a la superficie y, en una playa que existía sin la vigilancia de ningún satélite, recogió los fragmentos de la embarcación en donde había viajado y, con ellos, sumados a los dos regalos, destiló un combustible que obtuvo tras mezclar la salitre con el correo de los naúfragos. Prendió una gran hoguera, un fuego que iluminaba el cielo opaco, esperó cinco minutos, mientras disfrutaba de las astillas de un cigarro fabricado con remolinos, y se fue caminando al borde de la carretera. Creo que algo cantaba y es muy probable que fuera una canción de Low, o puede que no, nunca lo sabremos. Siempre es la obligación de cada uno la forma de acabar las historias.

sábado, 15 de agosto de 2015

Doble esqueleto.

El día en que nacíó los cielos vomitaron fuego y el Minotauro, agazapado en su laberinto alfrombado de huesos humanos, quiso ocultar la última prueba que lo condenaría.
La comadrona intuyó que algo raro ocurría desde el mismo instante en que sus manos de tacto reseco percibieron esa extraña vida que latía al revés.
Este niño no viene sólo; gritó. Pues no solamente había un sexto dedo en el pie izquierdo del infante sino que eran dos seres pegados que compartían una misma piel.
Los ciéntíficos que comulgaban con la secta que ostentaba el poder se escandalizaron con aquella mutación aberrante que poseía dos cabezas y doble esqueleto. Trataron de separar a los dos seres que latían con un corazón compartido y los encerraron en jaulas ocultas bajo el mar, en lugares donde las corrientes subterraneas pergeñaran un muro líquido entre los dos.
Con el paso del tiempo uno de ellos logró salir a la superficie y extendió su estirpe de guerreros inmortales por los arrecifes de un mundo desolado por la herrumbre. El otro, el oscuro, decidió vivir bajo las aguas. Allí construyó, a su imagen y semejanza, como un semi-dios torcido, un mundo que fluctuaba a merced de las algas y los volcanes submarinos.
Llegado ese momento, los científicos decidieron soltar las riendas de su experimento militar situándolos frente a frente, en un campo de batalla podrido por espinas y cuchillas aceitadas.
Los dos hermanos que una vez compartieron el mismo cordón umbilical, la trama de adn que se extendía como una trenza de sueños y niebla, visualizaron los puntos débiles de cada uno; los órganos donde debían golpear primero.
Se acercaron y, tras adoptar la pose de defensa y ataque, siguiendo los dogmas y el entrenamiento de la secta, fueron conscientes de que el iris artificial de sus ojos vibraba de una forma similar. Como un ritmo paralelo susurrando a través de campos sembrados por espigas en donde los reptiles retienen su impulso por un momento congelado.
Se detuvieron el uno frente al otro, bajaron sus brazos que eran como artefactos de guerra y se reconocieron como iguales ante el crepúsculo de un mundo que languidecía entre borrascas de lluvia ácida.
Destrocemos a esos putos científicos; dijo uno.
Guíame y yo te sigo; dijo el otro.

(Dedicado a mi hermano Natxo. Todos te esperamos, androide)

viernes, 10 de julio de 2015

El mar hacia dentro.

Rodolfo Cachemiro se sentía indispuesto. Realmente no sabía si era debido a que su mujer estaba dentro de la nevera, convertida en carne picada, o a que su perro había regresado a casa con un ojo de más. La cuestión es que sentía como sus huesos iban asomando al exterior y su piel retrocedía rellenando ese espacio hueco. Se estaba convirtiendo en un hombre vuelto del revés.
Caminaba hacia atrás; se alimentaba de fuera hacia dentro; sus insultos se volvían contra si mismo; los vinilos giraban en sentido contrario en su gramófono de madera; comenzaba los libros desde el último capítulo; trataba a los niños como si fuesen adultos y a los mayores como si fuesen infantes; salía por las ventanas y entraba sin haber salido...
Y, un buen día, un portero de un local nocturno le dijo: muchacho, a ti no te voy a dejar entrar pero si salir.
Entonces se perdió por las calles sembradas de adoquines y maravillas hasta llegar a donde el mar percute con un rumor como de pulmones sordos y musicales. Se hundió en las aguas, o eso fue lo que él creyó. Lo cierto es que las aguas se habían hundido en él. Las aguas y una simple molécula de un prestamista ahogado cientos de años atrás que, a partir de ese día, compuso una canción, sólo para él, que se transformaba a cada despertar pero su letra era siempre la misma: No tienes edad, nunca la tendrás. Vuelves a las raíces y siempre serás un niño a medio hacer... Un humano a medio hacer... Es la única filosofía: Aprender.

domingo, 31 de mayo de 2015

Astillas

Vivo en un callejón rodeado de plástico, desperdicios, suciedad, mugre que los humanos olvidan y que la lluvia trata de borrar sin saber que solo consigue que el hedor se transforme en un insecto que utiliza los huesos como nido.
Desde mi rincón veo hombres vestidos de azul, focos que ciegan como soles en miniatura, cintas de plástico que marcan una especie de territorio que nadie puede traspasar. Y también tengo la capacidad de sentir cosas; daño, nervios, insomnio, frustración, mandíbulas apretadas para evitar que las lágrimas hagan pensar en que todo está perdido, en que la poca esperanza que anidaba en nuestro interior se ha astillado como un puño reventando el espejo que comete el pecado de mostrarnos desnudos, mancillados, llenos de cicatrices, reales como monstruos.
A unos metros de mí descansa un cuerpo roto, retorcido en una posición imposible, con ojos que duelen mirar pues son un agujero negro, con sangre reseca entre las piernas.
Puedo calcular el grado de daño y, al hacerlo, mis tripas se pliegan creando un nudo que es el grito ahogado por una mano llena de trampas.
Es muy probable que no tenga ni 13 años de vida.
Ahora uno de los seres de azul me levanta del suelo con mucho cuidado. Me tratan bien y sé que me van a cuidar.
Y creo que ya va siendo hora de que me presente. No soy la cena que alguien ha preparado con todo su amor para tí y que no supiste valorar. No soy ese abrazo al que no has dado importancia en el momento exacto pues el mundo no se acababa ese día. Soy el carnet de identidad del ogro que arrastró la pureza a su madriguera para corromperla con agujas y cuchillas. Soy la prueba del delito. Y, cuando todo termine, sé que me van a encerrar en una estantería oscura a la que llaman "casos resueltos" y allí agonizaré de soledad. Pero, tras tantos años atrapado en el bolsillo de un bastardo con piel humana, creo que no tendré malos sueños y, aunque no sea más que un objeto de plástico, creo que el día de mañana amanecerá más limpio.
No os preocupéis por mí. No se está tan mal en este almacén. Y mi soledad puede que acabe purgando todo el dolor que he visto y sentido y que nunca pude evitar.

miércoles, 21 de enero de 2015

Roberto Bolaño y la taberna de los bastardos.

El Citroën CZ de Roberto Bolaño se quedó sin combustible justo a unos metros de la única gasolinera que la crisis del petróleo no había devorado a lo largo de la Ruta 66. La buena noticia es que una taberna mugrienta compartía el solar fustigado por el viento. Habrá que entrar, susurró, tal vez para si mismo o puede que para el claustrofóbico sol de Texas. En el interior, una niebla que surgía de los cigarrillos lograba la sensación de estar caminando por el techo o por una cloaca. Del otro lado de la sucia barra, Tom Waits, con el rostro oculto por un sombrero que solo dejaba ver una estremecedora sonrisa, le sirvió una humeante copa que contenía un líquido corrupto. Robert, chaval, en esa mesa hay un pequeño bastardo que te quiere saludar; dijo con una voz teñida en nicotina. Es Paulo Coelho, respodió Bolaño, y si me siento a su lado es posible que al amanecer me acusen de asesinato. Alguien tendrá que hacerlo tarde o temprano, Robert; le contestó Tom riéndose mientras se deslizaba con sus patines para atender a Charles Bukowski y William Burroughs que ya hacía rato que exigían su décima ronda de bourbon. Bolaño trató de distraerse contemplando como Nick Drake quemaba con un cigarrillo los ojos de Nacho Vegas, pero, como le pareció algo muy natural, prefirió echar un vistazo general al ambiente del local. En una mesa a su izquierda, Syd Barrett y Roger Waters jugaban a la ruleta rusa con David Gilmour y siempre le explotaba la única bala a este último en su cráneo entre risas y burlas obscenas de sus dos colegas. A su derecha David Lynch invitaba a tarta envenenada a Steven Spielberg. En otra mesa Frank Kafka resolvía los jeroglíficos egípcios inscritos en la madera mientras su cabeza se incendiaba. A su lado George Orwell gritaba con ojos de vídrio que alguien nos estaba observando. Y al fondo de aquel tugurio dejado de la mano de Dios, Mike Patton, tranquilo, sonriente, con una aureola de santo flotando sobre su cabeza y jugueteando con una calavera del tamaño de un pequeño sueño casi olvidado, hacía levitar los objetos dispersos sobre la mesa con su voz mientras John Constantine exhalaba el humo de un cigarrillo a su lado y decía: Ha llegado mi padre. Justo en ese instante las puertas del local se abrieron con la explosión de la cegadora luz del exterior. Allí estaba Alan Moore rodeado de un aurea mística acompañado por Neil Gaiman. Con sus dedos ensortijados se abrió el pecho y extrajo su corazón oscuro que arrojó sobre la barra. ¡Tom, vino para todo el mundo! ¿Para Paulo también, Alan? ¿Quién? Paulo, Paulo Coelho. No sé quien es pero, qué demonios, sírvele a él también pues esta noche será el fin de los tiempos.
[13/12/2014]

martes, 20 de enero de 2015

La rebelión de los olvidados.

Un día fabriqué una máquina de vapor que me permitiría desplazarme sobre los acantilados que encontrara a mi paso. Abrir túneles bajo las montañas. Construir puentes que comunicarían islas ignotas con los continentes.
Dios, me sentí tan orgulloso de mí mismo cuando conecté su último circuito que casi creí olvidar todas los errores de mi pasado incierto. Me creí grande y eterno al ver como todos los científicos de renombre mundial se postraban a mis pies y reconocían cuan equivocados estaban al tratarme con ese desdén petulante del que habían hecho gala a lo largo de mi carrera.
Hicieron fiestas en mi honor. Me agasajaron con actos multitudinarios. Me concedieron las llaves de la capital. Me ofrecieron dinero, las más hermosas mujeres, los mejores vinos, los halagos más grandes que un mortal podría soñar...
Y en una noche sin luna, mientras dormía mi sueño tranquilo de triunfador, uno de mis más humildes siervos atravesó mi garganta con un cuchillo tan afilado como el grito de un recién nacido. Mis sueños se convirtieron en un lago de sangre y mi gloria rotó, de forma oficial, a otro.
Y ahora, desde este laberinto eterno donde estamos atrapados muchos como yo, quiero que sepáis que nos estamos preparando, nos hacemos más fuertes cada día, afilamos nuestras armas, no tenemos cuerpo ya, ellos nos lo arrebataron, pero nuestra energía se hace cada día más grande y llena de rabia. La curvatura dimensional está crujiendo. Hemos encontrado un resquicio en el portal que nos separa de vosotros, los vivos. Y nuestra esencia es tan frágil y al mismo tiempo tan cruel, que estamos rasgando lentamente la superficie. Vamos a salir. Es cuestión de tiempo. Simplemente advertir que después ya nada será lo mismo.
[21/05/2014]

lunes, 19 de enero de 2015

El silencio del narrador

Jamás había visto una flor tan hermosa. Una noche llegué a casa y ahí estaba, sin más, silvestre y salvaje creció en el centro de mi jardín. Irradiaba tanta luz que la cuidé y mimé durante semanas, o tal vez años. Antes de acostarme le contaba historias de futuros imperfectos, de dioses y reyes caidos en desgracia que recorrían el mundo buscando una oportunidad de redención. Pero llegó un día en que me di cuenta que todas las leyendas eran iguales en el centro de su esencia y decidí dejar de narrar. Al caer el manto nocturno y no tener su fragmento de fantasía, la flor comenzó a marchitarse y, en su desesperación por sobrevivir, comenzó a horadar los cimientos de mi casa hasta que una grieta tan oscura como mi alma abrió sus fauces de dientes torcidos devorándola entre su aliento a musgo negro.
[27/03/2014]

Piedra

En cierta época cuidé a un animal que tenía pezuñas y colmillos, múltiples personalidades y querencia por el vacío. Una tarde de verano, adormecido por el sopor, se acurrucó a la sombra de un gran árbol milenario y se quedó dormido. Tan profundo fue su sueño que hibernó durante dos estaciones. Y al despertar, las hojas muertas del otoño habían cubierto su cuerpo como una segunda piel y le quemaban hasta el punto de escuchar el dolor retorcer sus huesos. Yo no podía soportar sus alaridos, me arrancaba las uñas de la angustia, utilizaba plantas alucinógenas para mutar mis sensaciones y olvidar, pero todo era inútil. Así que una noche salí de mi cabaña empuñando mi hacha, decidido a terminar con su sufrimiento y el mío.
Juro que si en esas épocas la ciencia estuviese tan avanzada como hoy en día hubiera buscado otra solución, algún remedio. Pero la locura navegaba en mis venas por aquel entonces, y no supe que más hacer. Me abrí paso en la espesura como alguien que ya no es dueño de sus actos y, cuando entreví su cuerpo en un claro del bosque iluminado por la luna, me percaté que ya no era de carne, se había convertido en piedra
[10/01/2014]

domingo, 4 de enero de 2015

El infierno doblado en dos.

En la cima de la colina vivía un hombre que había olvidado todos sus sueños. Suspiraba por todo lo que pudo haber tenido y el tiempo le arrebató. Anhelaba sentir algo como, digamos, la vida. Todas las noches estaban marcadas por un hilo negro que apretaba su garganta. Sus pies se retorcian con la escarcha de su alma. Su estómago emitía sonidos imposibles, difíciles de traducir. Su garganta vomitaba miles de objetos cubiertos de bilis y maravillas.
Una noche dijo: Nunca, nunca más volveré a través de las pesadillas de los murciélagos. Nunca volveré a ver el sol de los mediocres.
Esa noche se derrumbó con todo su peso sobre el látigo de la miseria. Amputó su brazo derecho. Se alimentó de él. Y se reencarnó en una criatura de acero y muerte.
Y cuando el hastío detuvo la masacre y decidió que la sangre carecía de significado, decidió escupir su epitafio y dijo: sembrad mi mesa con las viandas más oscuras que un ciego pueda describir, pues así os recordaré por siempre, como bastardos fugados de un cielo que siempre os ha rechazado.

[2013]

El latido que enlaza todas las telarañas [I & II]

I.
Le resultaba muy dificil desprenderse de la sensación de ser observado a través de las ventanas de su casa cada vez que salía a cazar alguna de las sombras que solían acechar su granja. Algo así como la sensación de un grifo oxidado que por mucho que aprietes resulta imposible de cerrar y el tic-tac de sus gotas de llanto intermitente tiene el poder para hacer que te vuelvas loco en el silencio de la noche.
Todas las mañanas encontraba arañazos provocados por extrañas garras en la puerta de la entrada pero nunca sentía miedo o cualquier otro temblor que se le pudiera aproximar. Lo que más le preocupaba era el escalofrío que retorcía su espina dorsal cada vez que se adentraba en el exterior para alimentar los estómagos de las bestias originadas por cruces imposibles entre extraños animales que recogía en el desierto calcinado que rodeaba su granja. Esos seres que imploraban con un destello en sus ojos que alguien acabara con su tormento de huesos malformados que se expandían atravesando la carne.
Y es que a pesar de tener la certeza de que todos los seres humanos habían desaparecido, le resultaría muy fácil jurar que había alguien vigilando todos sus movimientos desde el interior de su casa, desde el último hogar libre de pecado sobre la superficie de la tierra. Algo así como una sombra velada que se desvanecía tras las cortinas al girar la mirada.
II.
Una noche se despertó poco antes de que el débil sol desvelara con sus rayos enfermos la negrura de la noche sintiendo que algo no iba bien. Saltó de su cama sujetando el machete oxidado que siempre ocultaba bajo la almohada y se precipitó hacia el exterior.
La sangre que circulaba por su venas se transformó en erizos.
Un agujero en la red metálica guiaba un rastro de sangre que surgía de los pedazos destrozados de sus animales mutados hasta más allá de la zona más alejada de la granja. No existía el viento, solo un brutal tambor en su estómago que percutía al ritmo que marcaba el miedo que había desplazado durante tanto tiempo ante la seguridad de su refugio.
Las oraciones mil veces dichas escapaban entre murmullos de sus labios tratando de dar seguridad a sus manos trémulas que hacían temblar el machete mientras seguía el rastro de sangre hasta la entrada de la bodega.
Allí se detuvo para tratar de respirar, santiguarse, calmar sus desbocadas pulsaciones, implorar protección a su dios que habita en el cielo radiactivo.
Abrió la puerta y entre los débiles rayos lunares pudo ver miles de telarañas fosforencentes entremezclándose entre si hasta conformar un extraño esqueleto o símbolos o un lenguaje. Una red luminosa que ayer no estaba allí.
Un telar inmenso que se extendía por las paredes, el techo y el suelo de una estancia en donde el olor a humedad era suplantado por algo más complejo. Como un mapa donde todas las vidas que han sido y serán y todos los mundos y todas las dimensiones se pudieran leer ante sus ojos cansados.
[2013]
(Continuará)