Puede que, alguna vez, nos olvidemos de decir algo.
Federico Ambrosio Fernández era un tipo
singular. Tenía (y digo tenía en pasado, pues un golpe fortuito de la
fortuna nos privó de su presencia cuando un repartidor de pizzas
desquiciado acabó con él en un callejón que olía a hierba recién cortada
y golpes de lluvia), una obsesión por coleccionar las anillas de las
latas de cerveza que introducía en su sistema estomacal.
Un
buen día una pequeña recolección de objetos del pasado llamó a su
puerta. Se presentó con el nombre de Ínfima Parte y le ofreció dos cosas
difíciles de rechazar. A saber, un trozo de nube a punto de
desintegrarse en lluvia y un disco de vinilo envuelto en la piel de un
murciélago.
Ínfima Parte dijo: No creo que te merezcas estos
regalos, pero es que quería deshacerme de ciertas cosas y comentan por
ahí que tú eres un recolector de fragmentos que puede que signifiquen
algo.
Y, aunque yo no lo recuerde, alguien jura que contestó:
Acabo de salir de la cárcel y mi equipaje es tan ligero que cualquier
tipo de peso que se introduzca en él hará que compense el pequeño vacío
que perdura en mi cicatriz.
En resumidas cuentas, agradeció a
Ínfima Parte esos dos objetos, no sin antes calcular el grado de
obligación para con las hormigas que comenzaban una revolución en ese
preciso momento, y se despidió sin ningún tipo de elegancia (como debe
ser en estos casos), saltando a la proa de una embarcación que se
desplazaba hacia un naufragio. Y, después de ver como la tripulación
dejaba de latir por culpa de unos pulmones que no estaban habituados a
las presiones marítimas, observó con calma, allí, bajo el mar, con peces
flotando a su alrededor, los dos regalos que latían con branquias de
aluminio.
Esto no sé si debería contarlo, pero lo cierto es
que, por aquel entonces, habitaba en su interior el espíritu que siempre
se dirige hacia tierras que no existen y decidió pedirle consejo bajo
las aguas. Subió a la superficie y, en una playa que existía sin la
vigilancia de ningún satélite, recogió los fragmentos de la embarcación
en donde había viajado y, con ellos, sumados a los dos regalos, destiló
un combustible que obtuvo tras mezclar la salitre con el correo de los
naúfragos. Prendió una gran hoguera, un fuego que iluminaba el cielo
opaco, esperó cinco minutos, mientras disfrutaba de las astillas de un
cigarro fabricado con remolinos, y se fue caminando al borde de la
carretera. Creo que algo cantaba y es muy probable que fuera una canción
de Low, o puede que no, nunca lo sabremos. Siempre es la obligación de
cada uno la forma de acabar las historias.
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