domingo, 11 de octubre de 2015

Puede que, alguna vez, nos olvidemos de decir algo.

Federico Ambrosio Fernández era un tipo singular. Tenía (y digo tenía en pasado, pues un golpe fortuito de la fortuna nos privó de su presencia cuando un repartidor de pizzas desquiciado acabó con él en un callejón que olía a hierba recién cortada y golpes de lluvia), una obsesión por coleccionar las anillas de las latas de cerveza que introducía en su sistema estomacal.
Un buen día una pequeña recolección de objetos del pasado llamó a su puerta. Se presentó con el nombre de Ínfima Parte y le ofreció dos cosas difíciles de rechazar. A saber, un trozo de nube a punto de desintegrarse en lluvia y un disco de vinilo envuelto en la piel de un murciélago.
Ínfima Parte dijo: No creo que te merezcas estos regalos, pero es que quería deshacerme de ciertas cosas y comentan por ahí que tú eres un recolector de fragmentos que puede que signifiquen algo.
Y, aunque yo no lo recuerde, alguien jura que contestó: Acabo de salir de la cárcel y mi equipaje es tan ligero que cualquier tipo de peso que se introduzca en él hará que compense el pequeño vacío que perdura en mi cicatriz.
En resumidas cuentas, agradeció a Ínfima Parte esos dos objetos, no sin antes calcular el grado de obligación para con las hormigas que comenzaban una revolución en ese preciso momento, y se despidió sin ningún tipo de elegancia (como debe ser en estos casos), saltando a la proa de una embarcación que se desplazaba hacia un naufragio. Y, después de ver como la tripulación dejaba de latir por culpa de unos pulmones que no estaban habituados a las presiones marítimas, observó con calma, allí, bajo el mar, con peces flotando a su alrededor, los dos regalos que latían con branquias de aluminio.
Esto no sé si debería contarlo, pero lo cierto es que, por aquel entonces, habitaba en su interior el espíritu que siempre se dirige hacia tierras que no existen y decidió pedirle consejo bajo las aguas. Subió a la superficie y, en una playa que existía sin la vigilancia de ningún satélite, recogió los fragmentos de la embarcación en donde había viajado y, con ellos, sumados a los dos regalos, destiló un combustible que obtuvo tras mezclar la salitre con el correo de los naúfragos. Prendió una gran hoguera, un fuego que iluminaba el cielo opaco, esperó cinco minutos, mientras disfrutaba de las astillas de un cigarro fabricado con remolinos, y se fue caminando al borde de la carretera. Creo que algo cantaba y es muy probable que fuera una canción de Low, o puede que no, nunca lo sabremos. Siempre es la obligación de cada uno la forma de acabar las historias.

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