Jamás había visto una flor tan hermosa. Una noche llegué a casa y ahí
estaba, sin más, silvestre y salvaje creció en el centro de mi jardín.
Irradiaba tanta luz que la cuidé y mimé durante semanas, o tal vez años.
Antes de acostarme le contaba historias de futuros imperfectos, de
dioses y reyes caidos en desgracia que recorrían el mundo buscando una
oportunidad de redención. Pero llegó un día en que me di cuenta que
todas las leyendas eran iguales en el centro de su esencia y
decidí dejar de narrar. Al caer el manto nocturno y no tener su
fragmento de fantasía, la flor comenzó a marchitarse y, en su
desesperación por sobrevivir, comenzó a horadar los cimientos de mi casa
hasta que una grieta tan oscura como mi alma abrió sus fauces de
dientes torcidos devorándola entre su aliento a musgo negro.
[27/03/2014]
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