El Citroën CZ de Roberto Bolaño se quedó sin combustible justo a unos
metros de la única gasolinera que la crisis del petróleo no había
devorado a lo largo de la Ruta 66. La buena noticia es que una taberna
mugrienta compartía el solar fustigado por el viento. Habrá que entrar,
susurró, tal vez para si mismo o puede que para el claustrofóbico sol de
Texas. En el interior, una niebla que surgía de los cigarrillos lograba
la sensación de estar caminando por el techo o por una cloaca. Del otro
lado de la sucia barra, Tom Waits, con el rostro oculto por un sombrero
que solo dejaba ver una estremecedora sonrisa, le sirvió una humeante
copa que contenía un líquido corrupto. Robert, chaval, en esa mesa hay
un pequeño bastardo que te quiere saludar; dijo con una voz teñida en
nicotina. Es Paulo Coelho, respodió Bolaño, y si me siento a su lado es
posible que al amanecer me acusen de asesinato. Alguien tendrá que
hacerlo tarde o temprano, Robert; le contestó Tom riéndose mientras se
deslizaba con sus patines para atender a Charles Bukowski y William
Burroughs que ya hacía rato que exigían su décima ronda de bourbon.
Bolaño trató de distraerse contemplando como Nick Drake quemaba con un
cigarrillo los ojos de Nacho Vegas, pero, como le pareció algo muy
natural, prefirió echar un vistazo general al ambiente del local. En una
mesa a su izquierda, Syd Barrett y Roger Waters jugaban a la ruleta
rusa con David Gilmour y siempre le explotaba la única bala a este
último en su cráneo entre risas y burlas obscenas de sus dos colegas. A
su derecha David Lynch invitaba a tarta envenenada a Steven Spielberg.
En otra mesa Frank Kafka resolvía los jeroglíficos egípcios inscritos en
la madera mientras su cabeza se incendiaba. A su lado George Orwell
gritaba con ojos de vídrio que alguien nos estaba observando. Y al fondo
de aquel tugurio dejado de la mano de Dios, Mike Patton, tranquilo,
sonriente, con una aureola de santo flotando sobre su cabeza y
jugueteando con una calavera del tamaño de un pequeño sueño casi
olvidado, hacía levitar los objetos dispersos sobre la mesa con su voz
mientras John Constantine exhalaba el humo de un cigarrillo a
su lado y decía: Ha llegado mi padre. Justo en ese instante las
puertas del local se abrieron con la explosión de la cegadora luz del
exterior. Allí estaba Alan Moore rodeado de un aurea mística acompañado
por Neil Gaiman. Con sus dedos ensortijados se abrió el pecho y extrajo
su corazón oscuro que arrojó sobre la barra. ¡Tom, vino para todo el
mundo! ¿Para Paulo también, Alan? ¿Quién? Paulo, Paulo Coelho. No sé
quien es pero, qué demonios, sírvele a él también pues esta noche será
el fin de los tiempos.
[13/12/2014]
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