Un día fabriqué una máquina de vapor que me permitiría desplazarme sobre
los acantilados que encontrara a mi paso. Abrir túneles bajo las
montañas. Construir puentes que comunicarían islas ignotas con los
continentes.
Dios, me sentí tan orgulloso de mí mismo cuando conecté
su último circuito que casi creí olvidar todas los errores de mi pasado
incierto. Me creí grande y eterno al ver como todos los científicos de
renombre mundial se postraban a mis pies y reconocían cuan equivocados estaban al tratarme con ese desdén petulante del que habían hecho gala a lo largo de mi carrera.
Hicieron fiestas en mi honor. Me agasajaron con actos multitudinarios.
Me concedieron las llaves de la capital. Me ofrecieron dinero, las más
hermosas mujeres, los mejores vinos, los halagos más grandes que un
mortal podría soñar...
Y en una noche sin luna, mientras dormía mi
sueño tranquilo de triunfador, uno de mis más humildes siervos atravesó
mi garganta con un cuchillo tan afilado como el grito de un recién
nacido. Mis sueños se convirtieron en un lago de sangre y mi gloria
rotó, de forma oficial, a otro.
Y ahora, desde este laberinto eterno
donde estamos atrapados muchos como yo, quiero que sepáis que nos
estamos preparando, nos hacemos más fuertes cada día, afilamos nuestras
armas, no tenemos cuerpo ya, ellos nos lo arrebataron, pero nuestra
energía se hace cada día más grande y llena de rabia. La curvatura
dimensional está crujiendo. Hemos encontrado un resquicio en el portal
que nos separa de vosotros, los vivos. Y nuestra esencia es tan frágil y
al mismo tiempo tan cruel, que estamos rasgando lentamente la
superficie. Vamos a salir. Es cuestión de tiempo. Simplemente advertir
que después ya nada será lo mismo.
[21/05/2014]
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