"Éctor se levanta, abre la ventana y se apoya en el alféizar; a pocos
metros, un edificio más alto convierte la trasera de la fonda en zona de
sombras permanente.
Tras la esquina se escucha Madrid.
Es un
estruendo que sube y llena. Trayendo mil historias. Puede oír los
bombardeos que aún no se han producido. Puede oír el sonido de las
piernas al abrirse de una mujer que se tiende en el suelo de un
callejón, sobre una puerta rota, mientras dos tipos le tiran dinero a la
cara para una botella. El llanto de dos niños que se pasan el día
amarrados a la tubería de un cuarto de baño. El ruido del motor de
cientos y cientos de vehículos y el rugido de la respiración de un
anciano que, sin saberlo, cruza las carreteras deseando ser atropellado
por alguno de ellos. Editores que cierran manuscritos en la segunda
página. Pintura barata que se cuartea en las paredes ante la mirada de
enfermos amarrados con sábanas. Una mujer deja sobre la mesa un puchero
parcheado y ni la familia se atreve a preguntar el contenido ni ella a
mostrárselo. Cuatro niños juegan a los toreros; de toro siempre hace el
mismo, siempre, y está llegando a pensar que no hará otra cosa el resto
de su vida. Un lotero le cambia el décimo en el último momento a un
político que no advierte ni el cambio de número ni la mirada de odio del
vendedor. Un edificio se cae a pedazos sobre sus ocupantes, y el rey,
con una piqueta de oro, da el primer golpe para demoler un edificio en
perfectas condiciones. Un esquilador blasfema. Un guardia blasfema. Una
planchadora blasfema. Un afilador blasfema. Un
cura blasfema. Un hombre asesina a su hija embarazada. Un maestro, que
nunca lo había hecho, blasfema, y se siente mucho mejor. El estruendo,
armado por miles de sonidos e imprecaciones, se sigue llenando de
historias, se expande, hasta llenar la habitación como un aire
pestilente y tangible.
Éctor se da la vuelta y ve a Lucio dormido, sin desvestirse; tendrá que esperar a mañana para la primera pesquisa.
Cierra la ventana. El estruendo se queda dentro."
La verdad es que ha sido un auténtico descubrimiento para mí este
escritor. Clasificado en el puñetero genero tan de moda que los
critiquillos denominan thriller histórico, mi visión es otra muy
distinta. Errado o no, lo que a mí me transmiten sus palabras son dos
ciudades, Sevilla y Madrid en 1926, un año en que todo está a punto de
cambiar para mal, que son como dos monstruos corruptos capaces de
arrastrar a los personajes que se mueven por estas páginas al pozo más
oscuro. Personas de carne y hueso que buscan una especie de redención y
que ya no les queda nada que perder. Personajes que se van mutilando
interiormente, poco a poco, en una busqueda de salvación que está más
allá de lo que arrastran sus pasados torcidos.
Muchos pequeños
hallazgos dolorosos en frases que cortan como el hielo. Sentimientos que
solo expresan el daño de un pasado imposible de olvidar. La frialdad de
distanciarse de la maravilla para no sentir el daño que podría acabar
con la poca cordura que te queda...
Un pequeño descenso a los
infiernos trazado con maestría, una atmósfera casi claustrofóbica y
frases salpicadas de una extraña rabia que están ahí y realmente parece
que no están. Es solo que no entiendo que los libros de este tipo
funcionen tan bien comercialmente con ese peso de desazón que te deja en
el paladar. No sé, igual es que estoy equivocado y me identifico por
momentos con esos personajes sin rumbo. O tal vez mi imaginación me ha
jugado una mala pasada y veo más allá de lo que debería ver. O puede ser
que este libro sea diferente a otros que haya escrito. Repito, no lo
se. Tan solo puedo decir que el muy cabrón me ha provocado cosas en mi
interior y eso es lo que me gusta en cualquier forma de arte.

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