En cierta época cuidé a un animal que tenía pezuñas y colmillos,
múltiples personalidades y querencia por el vacío. Una tarde de verano,
adormecido por el sopor, se acurrucó a la sombra de un gran árbol
milenario y se quedó dormido. Tan profundo fue su sueño que hibernó
durante dos estaciones. Y al despertar, las hojas muertas del otoño
habían cubierto su cuerpo como una segunda piel y le quemaban hasta el
punto de escuchar el dolor retorcer sus huesos. Yo no podía soportar sus
alaridos, me arrancaba las uñas de la angustia, utilizaba plantas
alucinógenas para mutar mis sensaciones y olvidar, pero todo era inútil.
Así que una noche salí de mi cabaña empuñando mi hacha, decidido a
terminar con su sufrimiento y el mío.
Juro que si en esas épocas la
ciencia estuviese tan avanzada como hoy en día hubiera buscado otra
solución, algún remedio. Pero la locura navegaba en mis venas por
aquel entonces, y no supe que más hacer. Me abrí paso en la espesura
como alguien que ya no es dueño de sus actos y, cuando entreví su cuerpo
en un claro del bosque iluminado por la luna, me percaté que ya no era
de carne, se había convertido en piedra
[10/01/2014]
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