En la cima de la colina vivía un hombre que había olvidado todos sus
sueños. Suspiraba por todo lo que pudo haber tenido y el tiempo le
arrebató. Anhelaba sentir algo como, digamos, la vida. Todas las noches
estaban marcadas por un hilo negro que apretaba su garganta. Sus pies se
retorcian con la escarcha de su alma. Su estómago emitía sonidos
imposibles, difíciles de traducir. Su garganta vomitaba miles de objetos
cubiertos de bilis y maravillas.
Una noche dijo: Nunca, nunca más volveré a través de las pesadillas de
los murciélagos. Nunca volveré a ver el sol de los mediocres.
Esa
noche se derrumbó con todo su peso sobre el látigo de la miseria. Amputó
su brazo derecho. Se alimentó de él. Y se reencarnó en una criatura de
acero y muerte.
Y cuando el hastío detuvo la masacre y decidió que
la sangre carecía de significado, decidió escupir su epitafio y dijo:
sembrad mi mesa con las viandas más oscuras que un ciego pueda
describir, pues así os recordaré por siempre, como bastardos fugados de
un cielo que siempre os ha rechazado.
[2013]
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