domingo, 4 de enero de 2015

El infierno doblado en dos.

En la cima de la colina vivía un hombre que había olvidado todos sus sueños. Suspiraba por todo lo que pudo haber tenido y el tiempo le arrebató. Anhelaba sentir algo como, digamos, la vida. Todas las noches estaban marcadas por un hilo negro que apretaba su garganta. Sus pies se retorcian con la escarcha de su alma. Su estómago emitía sonidos imposibles, difíciles de traducir. Su garganta vomitaba miles de objetos cubiertos de bilis y maravillas.
Una noche dijo: Nunca, nunca más volveré a través de las pesadillas de los murciélagos. Nunca volveré a ver el sol de los mediocres.
Esa noche se derrumbó con todo su peso sobre el látigo de la miseria. Amputó su brazo derecho. Se alimentó de él. Y se reencarnó en una criatura de acero y muerte.
Y cuando el hastío detuvo la masacre y decidió que la sangre carecía de significado, decidió escupir su epitafio y dijo: sembrad mi mesa con las viandas más oscuras que un ciego pueda describir, pues así os recordaré por siempre, como bastardos fugados de un cielo que siempre os ha rechazado.

[2013]

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