El día en que nacíó los cielos vomitaron fuego y
el Minotauro, agazapado en su laberinto alfrombado de huesos humanos,
quiso ocultar la última prueba que lo condenaría.
La comadrona
intuyó que algo raro ocurría desde el mismo instante en que sus manos de
tacto reseco percibieron esa extraña vida que latía al revés.
Llegado
ese momento, los científicos decidieron soltar las riendas de su
experimento militar situándolos frente a frente, en un campo de batalla
podrido por espinas y cuchillas aceitadas.
Los dos
hermanos que una vez compartieron el mismo cordón umbilical, la trama de
adn que se extendía como una trenza de sueños y niebla, visualizaron
los puntos débiles de cada uno; los órganos donde debían golpear
primero.
Se acercaron y, tras adoptar la pose de defensa y ataque,
siguiendo los dogmas y el entrenamiento de la secta, fueron conscientes
de que el iris artificial de sus ojos vibraba de una forma similar.
Como un ritmo paralelo susurrando a través de campos sembrados por
espigas en donde los reptiles retienen su impulso por un momento
congelado.
Se detuvieron el uno frente al otro, bajaron sus brazos que eran como artefactos de guerra y se reconocieron como iguales ante el crepúsculo de un mundo que languidecía entre borrascas de lluvia ácida.
Destrocemos a esos putos científicos; dijo uno.
Guíame y yo te sigo; dijo el otro.(Dedicado a mi hermano Natxo. Todos te esperamos, androide)
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