sábado, 15 de agosto de 2015

Doble esqueleto.

El día en que nacíó los cielos vomitaron fuego y el Minotauro, agazapado en su laberinto alfrombado de huesos humanos, quiso ocultar la última prueba que lo condenaría.
La comadrona intuyó que algo raro ocurría desde el mismo instante en que sus manos de tacto reseco percibieron esa extraña vida que latía al revés.
Este niño no viene sólo; gritó. Pues no solamente había un sexto dedo en el pie izquierdo del infante sino que eran dos seres pegados que compartían una misma piel.
Los ciéntíficos que comulgaban con la secta que ostentaba el poder se escandalizaron con aquella mutación aberrante que poseía dos cabezas y doble esqueleto. Trataron de separar a los dos seres que latían con un corazón compartido y los encerraron en jaulas ocultas bajo el mar, en lugares donde las corrientes subterraneas pergeñaran un muro líquido entre los dos.
Con el paso del tiempo uno de ellos logró salir a la superficie y extendió su estirpe de guerreros inmortales por los arrecifes de un mundo desolado por la herrumbre. El otro, el oscuro, decidió vivir bajo las aguas. Allí construyó, a su imagen y semejanza, como un semi-dios torcido, un mundo que fluctuaba a merced de las algas y los volcanes submarinos.
Llegado ese momento, los científicos decidieron soltar las riendas de su experimento militar situándolos frente a frente, en un campo de batalla podrido por espinas y cuchillas aceitadas.
Los dos hermanos que una vez compartieron el mismo cordón umbilical, la trama de adn que se extendía como una trenza de sueños y niebla, visualizaron los puntos débiles de cada uno; los órganos donde debían golpear primero.
Se acercaron y, tras adoptar la pose de defensa y ataque, siguiendo los dogmas y el entrenamiento de la secta, fueron conscientes de que el iris artificial de sus ojos vibraba de una forma similar. Como un ritmo paralelo susurrando a través de campos sembrados por espigas en donde los reptiles retienen su impulso por un momento congelado.
Se detuvieron el uno frente al otro, bajaron sus brazos que eran como artefactos de guerra y se reconocieron como iguales ante el crepúsculo de un mundo que languidecía entre borrascas de lluvia ácida.
Destrocemos a esos putos científicos; dijo uno.
Guíame y yo te sigo; dijo el otro.

(Dedicado a mi hermano Natxo. Todos te esperamos, androide)

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