sábado, 7 de febrero de 2015

Un buen día decidí emigrar de la ciudad harto del ruido y de la gente amargada. Todo mi ser anhelaba sentir la caricia de los árboles y de la noche plagada de estrellas expandidas por un cielo que los edificios no pudieran ocultar. Tan sólo buscaba encontrarme a mi mismo y perderme entre la libertad brutal del bosque, sumergirme en el rio, sentir en la piel el latido de la tierra, ser alguien anónimo siempre que me viniera en gana, correr con mis perras, mis amigas, mis compañeras, a través de la espesura y la montaña.
También tenía una mujer a mi lado de la cual mi ser se fue distanciando poco a poco. Y de nuevo volvió a mí esa cualidad de crear daño. La expulsé de mi mundo y, como castigo, mis animales enfermaron y murieron arrancando trozos de mi corazón en su caida a través de un tunel tan oscuro que me obligaba a vestirme con mi abrigo de risas para no perder mi apego a la vida.
Y ahora que ya nada me retiene aquí y que he experimentado, absorbido, exprimido y sentido en los huesos las miserias y la hipocresía de la ignorancia, de la envidia, de la inmundicia... Pienso que es buena hora de regresar a la ciudad que me vio nacer. Y que ahí os quedáis los palurdos y bastardos que tanto os aburrís con vuestras vidas miserables.
Voy a cambiar la tierra por el asfalto y destrozar este frío que se me está anidando en los huesos. Y sé que es una buena decisión.
Me he cansado de las falsas sonrisas de gente supuestamente feliz que pretenden que vivas bajo sus normas.
Las calles en donde me he criado me reclaman.
Cambios, cambios... No podría vivir sin ellos.

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