Un buen día decidí emigrar de la ciudad
harto del ruido y de la gente amargada. Todo mi ser anhelaba sentir la
caricia de los árboles y de la noche plagada de estrellas expandidas por
un cielo que los edificios no pudieran ocultar. Tan sólo buscaba
encontrarme a mi mismo y perderme entre la libertad brutal del bosque,
sumergirme en el rio, sentir en la piel el latido de la tierra, ser
alguien anónimo siempre que me viniera en gana, correr con mis perras,
mis amigas, mis compañeras, a través de la espesura y la montaña.
También
tenía una mujer a mi lado de la cual mi ser se fue distanciando poco a
poco. Y de nuevo volvió a mí esa cualidad de crear daño. La expulsé de
mi mundo y, como castigo, mis animales enfermaron y murieron arrancando
trozos de mi corazón en su caida a través de un tunel tan oscuro que me
obligaba a vestirme con mi abrigo de risas para no perder mi apego a la
vida.(Una maraña enredada de cuentos, música, libros, cómics y algún que otro esqueleto)
Etiquetas
sábado, 7 de febrero de 2015
Relatos, Hablemos de música, Libros, Cómics,
Cosas que anidan en los huesos
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