domingo, 3 de enero de 2016

Me ha pasado algo realmente explosivo y supongo que solamente la muchachada que no podría vivir sin leer cada día me entenderá.
Son muchas tundas navideñas ya, y hoy, intentando  recuperar mi cordura al despertar, traté de navegar por las páginas de Trópico de Capricornio, escrito por Henry Miller en 1936, antes de volver a las calles. Y algo me reconcome por dentro.
Veamos, creo que desde que tengo uso de razón quería leer este libro, pero, como es imposible estar en todas partes al mismo tiempo, un privilegio que sólo posée Crom, nunca lo había hecho hasta que hace poco me lo pillé de segunda mano.
Habita en mi cuarto de baño. Está ahí con su aspecto inocente. Simplemente unas tapas duras que protegen un puñado de páginas. Lo abres y lees. Pero no lees, te caes a un precipicio de espinas y fuego.
A ver, tengo unos cuantos añitos encima y he conocido a muchos hijos de puta en mi vida, pero casi estoy por pensar que las palabras que están impresas en ese libro son los bastardos más grandes que he tenido ante mis ojos. Y tan sólo voy por la página 54 de las 279 furias escritas. Y me da por pensar que dónde coño estuve metido todo este tiempo sin leer a Henry Miller. Es casi como encontrarse a un amigo. Como alguien que te conoce hasta la médula y escribe para tí.
Eso no es un escritor, es un terrorista de las palabras. Es perfecto, complejo, pasional, demoledor... Es exactamente lo que busco en un artista.
Comprende toda la miseria de la sociedad norteamericana y lo escupe como si la vida le fuera en ello. Es realmente grandioso.
Joder, Henry Miller es un como un dios caído que arranca la piel para enseñarte lo que se oculta bajo sus tripas.
Incluso yo, que adoro a William Burroughs. Jack Kerouac, Roberto Bolaño y demás serpientes que han utilizado la literatura como una máquina trituradora, me rindo ante Trópico de Capricornio.
Hacia mucho tiempo que un libro no me hacía hervir de esta manera.

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