La calle en donde vivo es un mosaico
poblado por caracteres a cual más surrealista. Como un mapa de la
naturaleza humana se despereza cada día empujando a sus habitantes (que
se desplazan como luces recorriendo la gran arteria de una especie de
ecosistema que no deja de transformarse) a la vida, a la locura, al
saludo, a la lucha. Los adoquines palpitan con la energía de las huellas y los elementos atmosféricos son un simple decorado en el que los
protagonistas reales son las personas que construyen su día a día. Y yo,
que tengo la curiosa facultad de adaptarme y enriquecerme con los
cambios, puedo sentir que este lugar es como una especie de república
independiente del resto de la ciudad. Una zona aparte donde la velocidad
y el ruido del asfalto se transforma en otra cosa, en otro tipo de
ritmo.
En ese sitio está mi hogar actual desde hace 7 meses y medio. Y es mi casa número 13 (una cifra que me ha marcado, me protege y no me abandona) y en su interior hay 13 escalones que separan las dos partes de la vivienda. Abajo enseguida cae la noche y arriba estalla la luz que viene del mar.
Los moradores de esta plaza ya me conocen y se
han acostumbrado a mi presencia intrusa, a mis idas y venidas. Parece
que han comprendido, al igual que yo, que encajo en este lugar en donde
todo se transforma a cada día.En ese sitio está mi hogar actual desde hace 7 meses y medio. Y es mi casa número 13 (una cifra que me ha marcado, me protege y no me abandona) y en su interior hay 13 escalones que separan las dos partes de la vivienda. Abajo enseguida cae la noche y arriba estalla la luz que viene del mar.
Y el sonido de las mangueras regando la calle para que, al día siguiente, vuelva a florecer la vida, el ciclo vital.
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