domingo, 24 de enero de 2016

Mi Calle.

La calle en donde vivo es un mosaico poblado por caracteres a cual más surrealista. Como un mapa de la naturaleza humana se despereza cada día empujando a sus habitantes (que se desplazan como luces recorriendo la gran arteria de una especie de ecosistema que no deja de transformarse) a la vida, a la locura, al saludo, a la lucha. Los adoquines palpitan con la energía de las huellas y los elementos atmosféricos son un simple decorado en el que los protagonistas reales son las personas que construyen su día a día. Y yo, que tengo la curiosa facultad de adaptarme y enriquecerme con los cambios, puedo sentir que este lugar es como una especie de república independiente del resto de la ciudad. Una zona aparte donde la velocidad y el ruido del asfalto se transforma en otra cosa, en otro tipo de ritmo.
En ese sitio está mi hogar actual desde hace 7 meses y medio. Y es mi casa número 13 (una cifra que me ha marcado, me protege y no me abandona) y en su interior hay 13 escalones que separan las dos partes de la vivienda. Abajo enseguida cae la noche y arriba estalla la luz que viene del mar.
Los moradores de esta plaza ya me conocen y se han acostumbrado a mi presencia intrusa, a mis idas y venidas. Parece que han comprendido, al igual que yo, que encajo en este lugar en donde todo se transforma a cada día.
Está Emma, la señora de los gatetes, un ángel de pelo blanco que ejerce de hilo conductor para que la armonía reine. Siempre una palabra amable, siempre una sonrisa.
Está el yonkarra más cojonudo que he conocido nunca (atención que soy de Coya y he conocido a cientos).
El predicador que, una vez a la semana y si el tiempo lo permite, dedica la tarde a esgrimir su idioma incomprensible desde su púlpito o balcón (tened en cuenta que si los vientos os llevan hasta aquí en esos momentos, os dará la chapa desde las alturas y, si pasáis de él, os gritará: Un Respeto!).
La bruja de bata rosa que saca a pasear su perro a las 12 de la noche y que le monta unas broncas impresionantes con una voz que es como un crujido que viene de tierras calcinadas por el fuego. ¡Venga, vamos, mea de una vez que hay que ir para casa que hace frío! Sin problema, el lenguaje corporal de su perrete es sinónimo de placidez y bienestar. Comprende que es su actitud habitual y es música para sus oidos pues significa callejear.
La chica bohemia y guitarrista. El gran tunante que sólo lo encuentro en ciertas juergas y lejos de aquí. La taberna gobernada por viejas barricas de vino que sólo abre por las mañanas. Los gatos, perros y mi murciélago que hace tiempo que no veo. Los hipsters que tengo enfrente y sus luces de discoteca que rebotan en las paredes. El señor del sombrero que un día me pidió un par de euros y no se quedaba tranquilo hasta devolvérmelos...
Y el sonido de las mangueras regando la calle para que, al día siguiente, vuelva a florecer la vida, el ciclo vital.
Estoy bien aquí. Me siento conectado.


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