Juro que vi un pequeño diablo oscuro saltando de tejado en tejado. Yo estaba asomado a la ventana exhalando humo y lo pude ver.
Se
situó detras de mi y extendió sus zarpas delgadas como alfileres y
afiladas como con dientes de marfil. Extendí los brazos hacia arriba,
sujeté su cabeza, la atraje muy cerca de mi y le susurré muy rápido:
Mira
como se oculta el sol, ahí, a un paso de nosotros, como si nos olvidara y
decidiera dejarnos a nuestra suerte. ¿Y qué son esas explosiones de luz
que tiñen el vientre de las nubes? Mira, observa...
Lo sujeté
más fuerte pues sentía su aliento enfurecido en la base del cuello. Me
sentía tranquilo, concentrado, dispuesto a apretar más.
Entonces,
justo en el momento en que el sol segaba milímetros de la superficie
del mar con su último tajo, mi piel se tensó al sentir el gotear de la
cera caliente mordiendo mi hombro.
El pequeño diablo oscuro lloraba sin dejar de apartar la vista del horizonte encendido en llamas.
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